este blog continúa aquí:
Qué aburrimiento.
Tengo un amigo nuevo. Y como soy consciente de lo difícil que es que eso sea cierto, pues alucino. Porque yo lo tengo. Y además, a parte de ser muy, muy amigo mío, desde hace demasiado poco tiempo como para eso, es un poeta de la hostia.
Mi amigo, luis muñoz, ha presentado esta mañana su último libro. Y ha estado muy bien. Pero ha sido una presentación, no una juerga.
El caso es que me estoy alejando del mensaje que yo pretendía particiarme, a mí, ya me escribo esto, mi pseudodiario, para mí. Para cuando... alguien tenga nietos y me los presente, y... tal.
Pero vamos, que aquí van algunos momentos del libro de mi amigo luis:
ES el más bello de todos,
el más feo, mi tiempo.
Es el más tenebroso,
el más iluminado.
Como se sabe uno,
es el más cruel, el menos.
Se pasea a sus anchas como la arena fina.
Es el más transparente, el más oculto.
Si tratas de abrazarlo es otro.
Me cuesta leer poesía. O mejor, me costaba. POrque estamos mal hechos, por no decir que es mi culpa, o la tuya. Pero yo no sabía, a estas alturas, que no hay que saber nada para que te guste la poesía.
Ahora cuando leo, a veces lloro. A veces dedico sólo un minuto para esto y en ese minuto muero.
Pero esta mañana, Angel González, que nunca presenta libros y éste se lo había carcomido, le pidió explicaciones al autor por una coma. Y entonces tuve miedo y tuve frío. De nuevo. Porque sí se puede saber mucho, y yo eso quiero.
Otro. Maravilloso:
Ya se están persiguiendo las urracas
en el árbol de enfrente.
No sé si es igual todo el tiempo,
pero cada vez que las miro
hay una que parece resistirse,
la otra va detrás, y así.
Ahora se posa la más clara
sobre la barandilla.
Está sólo un segundo.
Y no porque me intuya
detrás de los cristales,
hojeando revistas y hablando por teléfono.
No es esa vibración.
Es que la otra se acerca,
un trozo de papel en los dedos del viento,
y le toca alejarse.
Ayer estuve en la feria del libro antiguo con J.R. Me compré "Diario", de Katherine Mansfield, en una edición preciosa del año 47. Dentro venía, marcando una página, un billete de metro de ese año. Un trozo de papel muy pequeño y sin embargo muy lleno.
1914
Sin fecha.- Fui al cuarto de J. y miré por la ventana. Estaba anocheciendo. Había poca luz y muy suave. La Hora Fantástica, cuando la gente parece estar fuera de foco. Observé a un hombre que andaba hacia arriba y hacia abajo por la calle y parecía una mosca trepando por a pared.
Cualquiera diría que Dios había abierto su mano para dejarle a uno bailar un poco encima de ella, y para cerrarla luego tan fuertemente que ni siquiera pudiese uno gritar.
1 de abril.- He pasado otro día horrible. Unicamente podría ayudarme alguien que supiera adivinar mis pensamientos.
En mi barrio hay una pandilla de cinco vagabundos. A veces son seis, a veces cuatro, y a veces menos. Todos los que vivimos por aquí los conocemos. Se sientan durante horas junto al mercado de san miguel, a beber litronas de cerveza o tetrabricks de vino. Uno canta flamenco a voz en grito; otro les lleva las bolsas de la compra a las señoras mayores; otro se preocupa por su perro, un cachorro que siempre anda escapándose detrás de las perras y que se llama "Curro como su padre"; otro toca la flauta, y otro hace animalitos pequeños con cáscaras de pistachos y piñones, que llevan un iman para que la gente se los compre y los pegue a la nevera.
El caso es que desde hace un par de meses, se les unió un nuevo personaje. Pero a éste parece que no le gusta el mercado y se sienta más hacia acá, en un banco en la calle santiago. Llamaba la atención porque se pasaba horas y horas junto a una caja llena de clavos en la que siempre andaba trasteando. Los otros cinco le hacían compañía por las tardes, y mientras uno sujetaba un martillo, el otro un trozo de tubo... como si él fuera el cocinero y los demás pinches de cocina. A los pocos días, la caja se fue convirtiendo en un artilugio cuadrado, con tubos, una cadena de bici, manillar... un cacharro estrambótico lleno de piezas que parecían encajar y todo el artilugio giraba.
Una tarde me acerqué y le pregunté qué estaba construyendo, y me contestó que era una máquina del tiempo para el barrio. Le pregunté: "¿Pero es para viajar hacia delante o hacia atrás", y me contestó: "Uy, esto vale para todo".
La foto no le hace justicia, pero tiene a todo el barrio ensimismado. Por la noche se la guardan en un locutorio para que no se le estropee, y él siempre anda cambiándole cosas, añadiendo partes y quitando otras.
Desapareció en semana santa y nos tuvo a todos preocupados. Siji ya pensaba que estaba pasenado por el pasado, por el Madrid de los Austrias. Pero como de pronto siempre se le veía rodeado de gente y cámaras de fotos, temimos los vecinos que hubiera sido absorbido por algún ciclón de estos tipo Madrid Directo. Pero no, ha vuelto. Y ahora la máquina ha cambiado de nuevo. Ahora está llena de cilindros de colores que giran provocando un extraño efecto óptico, así que tendré que hacerle un seguimiento.
He aquí el artista:
La camiseta de Leonardo no es casual. No pretende ser un genio, pero cuando termine planea construir un astrolabio.
Esto sólo acaba de empezar.